25.11.16





No había vuelto a escribir nada desde aquel día y me había dicho ya unas treinta y siete veces que no tenía ganas de hacerlo pero yo seguí insistiendo (porque yo soy así) sabiendo que de verdad escribir era lo que ella necesitaba aunque no lo reconociera (porque ella es así). Le dije que cogiera la libreta, o abriese un documento de word o alguna cosa así y que seguro que ver hojas en blanco la incitaba a soltar palabras. Pero no me hizo caso (nunca me hace caso, en realidad).

Madre mía creo que pasaron tantos meses que incluso podría llegar a un año. Estuvo casi un año sin escribir. Y entonces un día llegué a casa y la encontré medio tumbada en el sofá, con su portátil encima de las piernas sin parar de teclear y la miré con una expresión de sorpresa e interrogación y me devolvió una sonrisa traviesa. 

Fue la mejor historia jamás escrita pero nunca leída por nadie que no fuéramos nosotros dos. Os lo aseguro, canalizó tantísimas emociones intensas aquella tarde de escritura que rompimos a llorar y nos susurramos cursiladas y mira no sé... fue una locura muy dramática pero de verdad: escribid; y aunque lo dejéis por un tiempo: volved a escribir.

No hay comentarios:

Publicar un comentario