28.11.15

Llevo tantos meses planeándolo todo que no puede salirme mal, estoy convencida. Entraré en su casa el martes entre las 15:30 y las 15:34 porque es exactamente el tiempo que tarda en bajar al quiosco de la esquina a por su revista semanal y siempre deja la puerta abierta porque ¿qué puede pasar en 4 minutos? Cogeré la pistola que tiene -cargada ya- en el tercer cajón de su mesilla y esperaré sentada en su sillón favorito, dónde se sienta a leer cada tarde o a ver la televisión cada noche y dónde, imagino, que maquina sus destructivos planes e incuba sus trágicas ideas -o eso es lo que haría yo si fuera mi sillón favorito-. Después, cuando entre por la puerta le explicaré por qué tengo que matarle y cuánto tiempo llevo planeándolo, le contaré los días que he estado observándole para conocer su rutina cómo si fuera la mía propia, incluso le comentaré esas absurdas manías que he descubierto que tiene y que han hecho que todavía esté más segura de mi plan. Esperaré unos segundos a que intente escapar o llamar por teléfono sólo por la curiosidad de cómo reaccionará, pero no le daré el tiempo suficiente. Le apuntaré con su propia arma en la frente y dejaré que entienda que en realidad se merece morir, dejaré que se de cuenta de que merece todo lo que está pasando y que analice las decisiones de su vida que le han llevado hasta ese preciso momento. Entonces cuando empiece a suplicar, a pedir perdón o incluso a decirme que lo entiende, que tengo razones para sentirme así... justo en ese momento, me iré. Me iré porque habré ganado, me iré porque soy mucho mejor que todo esa basura... pero -por si acaso- me llevaré la pistola.



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