13.2.15

Es guapo, muy guapo, y valiente (siempre he admirado a la gente valiente) pero terminé por mandarle a la mierda. Normalmente esto no tiene demasiada importancia, mando a la mierda a mucha gente al cabo del día, aunque solo sea mentalmente, todos lo hacemos en alguna medida. A veces incluso sin pensarlo o querer decirlo de verdad, sin meditarlo lo suficiente. Pero no fue uno de esos casos, le mandé a la mierda después de una larga meditación. Pensé durante días en lo que suponía para mí tenerle cerca, en lo que habíamos vivido durante esas pocas semanas que hacía que nos conocíamos. Pensé en lo increíble que era el sexo con él, y en lo que bien que sentaba oírle hablar de sus aventuras moteras, y en lo bonito que era el lunar de su hombro. Intenté durante varios días buscarle defectos haciéndole preguntas de todo tipo (en momentos poco apropiados, posiblemente). Aún así, seguía fascinada por el sonido de su risa, la suavidad de su pelo, sus palabras y su forma de sacar la lengua mientras cocinaba concentrado. Y, a decir verdad, estaba empezando a asustarme lo de sentirme así. 
Pero resulta que es de esas personas a las que les gusta ir al zoo porque "les encantan los animales". No me gusta esa clase de gente, me da miedo esa clase de gente. Porque no se dan cuenta (o a lo mejor sí, lo cual es todavía peor) de que les gusta ir a un sitio que mantiene a aquello que les encanta encerrado, robándoles su libertad, convirtiéndoles en algo manipulado, haciéndolos de su propiedad, arrancándoles de su verdadero sitio. Si te encantan los animales, te encantan en su modo más salvaje, natural y real. No tiene ningún sentido que te guste ir al zoo. Ningún sentido.
Por esa razón, aunque parezca insignificante, hace exactamente 2 días, 4 horas y 37 minutos le mandé a la mierda. Veíamos la televisión riéndonos de un programa absurdo, me miró y me dijo: dios mío, me encantas.
Me encantas.
Como los animales del zoo, pensé. Y entonces le grité que se fuera a la mierda, que no quería volver a verle jamás, que se fuera a la mierda (otra vez). Supe que me estaba mirando con dolor mientras repetía que qué coño me pasaba, que no entendía nada. Pero no le miré, me tapé la cara con las manos mientras seguía gritándole, hasta que oí el portazo. Después me eché a llorar, y creo que no he parado de llorar desde entonces (llevo llorando 2 días, 4 horas y 40 minutos). Pero no puedo permitirme dejar entrar en mi vida a alguien a quién le encantan los animales y le gusta ir al zoo, por muy maravilloso que sea. Aunque cuente historias de viajes en moto, y se muerda la lengua mientras cocina exquisitos platos, y tenga un bonito lunar y una bonita sonrisa y una bonita forma de decir las cosas. Incluso aunque sea muy valiente (y eso que admiro a las personas valientes).
No puedo permitir que nadie me encierre o me manipule, no puedo ser propiedad de nadie. Quiero ser salvaje, y natural, y real. 

2 comentarios:

  1. Guau Laura, esto es buenísimo. Cada vez que entro a tu blog salgo conociendo una parte de ti que no sabía y reiterándome lo putísimo bien que se te da esto. Bravo tía, bravo.

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