13.3.13

Estaba acostumbrada, pasaba muy a menudo, les oía chillarse y dar golpes, después oía un fuerte portazo y le oía a él bajar las escaleras murmurando. No estaba segura de si era la única que podría oírlos o tal vez alguien más del edificio se daba cuenta de lo que pasaba en ese piso, desde luego ningún vecino había dicho nada nunca. Yo tampoco, por miedo o porque al final acabé acostumbrándome a sus escusas, a que al final la historia se volviese a repetir. Nunca había hablado con ella, ni con él, pero sabía como eran perfectamente. Me suele pasar, conozco a la gente sólo con mirarles a la cara, no sé si sólo me pasa a mí o también le pasa a más gente pero creo que a veces es más fácil conocer a alguien por la forma en la que mira que manteniendo una conversación. Ella era una chica guapa, pero nunca la consideré inteligente... tal vez lo era pero yo no podía entender por qué se dejaba manipular de esa manera, sus ojos transmitían miedo pero a la vez era como si no tuviera ganas de escapar, como si en realidad tuviese esperanzas de que él podría hacerla feliz algún día, cosa que a mí cada semana me parecía más absurdo. Él era un hijo de puta, no lo digo solo por las cosas que le oía chillar, o por cómo la trataba a ella... lo digo por la forma que tenía de mirar al resto del mundo, como si se sintiera superior a todos, como si se levantase por la mañana pensando: "¿a quién podré joderle la vida hoy?", de esa gente mala por naturaleza que dan ganas de escupir a la cara al cruzártelo en el ascensor. Nunca lo hice. Tampoco les dije nunca lo que me hubiese gustado decirles al verlos paseando de la mano. A ella le hubiese dicho que se alejase de aquel gilipollas, que no le quería y que solo sabía hacerle daño, que le había oído llorar horas y horas en esas noches que él desaparecía para llegar días después borracho como una cuba después de haberse follado a otras cuatro o cinco. A él le habría dicho que dejase de ser tan gilipollas, que se diese cuenta de lo que tenía ahí y que dejase de hacerla sufrir, que no conseguiría nada en la vida si seguía desapareciendo cada vez que las cosas iban mal, casi cada dos semanas. Nunca lo hice y me arrepentí aquel día, porque no fue como los demás días, aquel día después del portazo y de haberle oído bajar las escaleras no la oí llorar, hubo un rato de silencio y después oí gritos en la calle. A él no le volví a ver, a ella solo en una camilla que la subía a una ambulancia. Oí en el edificio que había intentado suicidarse y que dejó una nota. No sé si al final murió o no, pero unos días después vinieron a por sus cosas y nunca supe más de ella. Me dí cuenta de que nunca había visto su sonrisa, y de que nunca había oído la voz del chico sin gritar. Me dí cuenta de que después de más de un año lo único que sabía de ellos era que no estaban hechos el uno para el otro, y que no eran felices. 




esta historia no está basada en hechos reales, que conste que es ficción.

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